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lunes, 18 de mayo de 2026

Más allá del símbolo. Cuando la escarapela se convierte en ritual vacío

Cada año, en determinadas fechas, millones de personas prenden una escarapela en su pecho. El gesto se repite con naturalidad, casi sin pensarlo. Está incorporado, asumido, transmitido. Pero pocas veces nos detenemos a preguntarnos qué significa realmente ese acto.
     La escarapela argentina nació en un contexto histórico concreto, en medio de la Revolución de Mayo, como un signo de identificación y pertenencia. Era una marca de posicionamiento, una forma de decir “estoy de este lado”. En ese origen, el símbolo estaba profundamente unido a una idea viva: la construcción de una identidad común.
     Sin embargo, como ocurre con muchos símbolos, el tiempo puede operar una transformación silenciosa.      Lo que alguna vez fue expresión de sentido puede convertirse en repetición sin contenido. El gesto permanece, pero la conciencia se diluye.
     La Sociología y la Antropología han mostrado que los rituales tienen una notable capacidad de supervivencia, incluso cuando su significado original se debilita o se pierde. En ese proceso, el símbolo deja de ser un medio para convertirse en un fin en sí mismo.
     Aquí aparece un fenómeno delicado: la sacralización de lo cívico. La escarapela, como otros símbolos nacionales, puede adquirir una relevancia desmedida, volviéndose incuestionable. Ya no se la usa porque se comprende lo que representa, sino porque “debe” usarse. El gesto deja de ser elección y se transforma en obligación implícita.
     El sociólogo Émile Durkheim explicó cómo las sociedades tienden a proyectar en ciertos objetos una dimensión casi sagrada, utilizándolos para reafirmar su cohesión. Pero cuando esa sacralidad se vacía de reflexión, lo que queda es una forma sin contenido: un ritual que se ejecuta, pero no se habita.
     Y entonces emerge la paradoja: cuanto más se insiste en el símbolo, menos se lo comprende. La repetición constante, sin interrogación, termina erosionando aquello que se busca preservar.
     No se trata, sin embargo, de rechazar los símbolos. Sería un error pensar que la solución es descartarlos. Los símbolos cumplen una función importante: condensan historia, identidad y memoria colectiva. El problema no es su existencia, sino su uso acrítico.
     La pregunta necesaria no es si debemos llevar o no una escarapela, sino cómo la llevamos. ¿Es un gesto consciente o automático? ¿Nos conecta con algo real o simplemente cumple con una expectativa social?
Recuperar el sentido implica volver a abrir el símbolo. Permitir que sea interrogado, reinterpretado, incluso cuestionado. Un símbolo vivo no teme a la reflexión; al contrario, se fortalece con ella.
     Quizás el verdadero desafío no esté en sostener el símbolo, sino en sostener el significado. Porque cuando el sentido se pierde, lo que queda no es identidad, sino hábito.
     Y un hábito, por sí solo, nunca construye conciencia.
Juan Carlos Luis Rojas 


viernes, 26 de diciembre de 2025

Bala perdida… ¿qué tiene que ver?

    

Cada año, en fechas que deberían estar asociadas al encuentro, al cuidado y a lo espiritual, se repite la misma escena: disparos al aire, pirotecnia violenta, borracheras, estruendo. Y, poco después, la noticia inevitable: una bala perdida. Un herido. A veces, un muerto.

La pregunta es inevitable:
¿qué tiene que ver todo esto con la celebración?

No tiene que ver con la Navidad.
No tiene que ver con Jesús.
No tiene que ver con lo espiritual.

Tiene que ver con otra cosa.

Disparar un arma no es festejar. Es imponer ruido, es descargar impulsos, es ignorar deliberadamente que toda bala que sube vuelve a bajar, y que abajo hay personas, cuerpos, vidas. No es tradición: es irresponsabilidad normalizada. No es alegría: es violencia encubierta.

Lo mismo ocurre con la pirotecnia violenta. El estruendo no une, no eleva, no celebra. Aterroriza a niños, daña a personas con hipersensibilidad, altera a animales, rompe la calma de quienes solo desean paz. No comunica sentido: comunica poder y desconsideración.

Y a esto se suma otro vacío: las borracheras. En nombre de la fiesta se pierde la conciencia, se anula la presencia, se celebra el olvido. Pero lo espiritual —en cualquier tradición seria— no comienza con la evasión, sino con la lucidez.

Incluso el enorme esfuerzo puesto en decoraciones, luces, adornos y escenografías exteriores termina revelando una paradoja: se embellece lo visible mientras se descuida lo invisible. Mucho brillo afuera, poca profundidad adentro. Mucha forma, poco sentido.

Cuando la celebración se llena de ruido, exceso y violencia, lo sagrado queda desplazado. La fecha se vuelve un decorado. El mensaje, un pretexto. Y la vida ajena, un daño colateral.

Una bala perdida no es un accidente:
es el resultado directo de una cultura que confundió festejar con descontrol.

Tal vez la pregunta no sea qué tiene que ver la bala con la fiesta,sino en qué momento dejamos de preguntarnos por el sentido.

J. C. L. Rojas