Cada año, en fechas que deberían estar
asociadas al encuentro, al cuidado y a lo espiritual, se repite la misma
escena: disparos al aire, pirotecnia violenta, borracheras, estruendo. Y, poco
después, la noticia inevitable: una bala perdida. Un herido. A veces, un
muerto.
La pregunta es inevitable:
¿qué tiene que ver todo esto con la celebración?
No tiene que ver con la Navidad.
No tiene que ver con Jesús.
No tiene que ver con lo espiritual.
Tiene que ver con otra cosa.
Disparar un arma no es festejar. Es imponer
ruido, es descargar impulsos, es ignorar deliberadamente que toda bala que
sube vuelve a bajar, y que abajo hay personas, cuerpos, vidas. No es
tradición: es irresponsabilidad normalizada. No es alegría: es violencia
encubierta.
Lo mismo ocurre con la pirotecnia violenta. El
estruendo no une, no eleva, no celebra. Aterroriza a niños, daña a personas con
hipersensibilidad, altera a animales, rompe la calma de quienes solo desean
paz. No comunica sentido: comunica poder y desconsideración.
Y a esto se suma otro vacío: las borracheras.
En nombre de la fiesta se pierde la conciencia, se anula la presencia, se
celebra el olvido. Pero lo espiritual —en cualquier tradición seria— no
comienza con la evasión, sino con la lucidez.
Incluso el enorme esfuerzo puesto en
decoraciones, luces, adornos y escenografías exteriores termina revelando una
paradoja: se embellece lo visible mientras se descuida lo invisible. Mucho
brillo afuera, poca profundidad adentro. Mucha forma, poco sentido.
Cuando la celebración se llena de ruido,
exceso y violencia, lo sagrado queda desplazado. La fecha se vuelve un
decorado. El mensaje, un pretexto. Y la vida ajena, un daño colateral.
Una bala perdida no es un accidente:
es el resultado directo de una cultura que confundió festejar con descontrol.
Tal vez la pregunta no sea qué tiene que ver la bala con la fiesta,sino en qué momento dejamos de preguntarnos por el sentido.
J. C. L. Rojas

