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viernes, 26 de diciembre de 2025

Bala perdida… ¿qué tiene que ver?

    

Cada año, en fechas que deberían estar asociadas al encuentro, al cuidado y a lo espiritual, se repite la misma escena: disparos al aire, pirotecnia violenta, borracheras, estruendo. Y, poco después, la noticia inevitable: una bala perdida. Un herido. A veces, un muerto.

La pregunta es inevitable:
¿qué tiene que ver todo esto con la celebración?

No tiene que ver con la Navidad.
No tiene que ver con Jesús.
No tiene que ver con lo espiritual.

Tiene que ver con otra cosa.

Disparar un arma no es festejar. Es imponer ruido, es descargar impulsos, es ignorar deliberadamente que toda bala que sube vuelve a bajar, y que abajo hay personas, cuerpos, vidas. No es tradición: es irresponsabilidad normalizada. No es alegría: es violencia encubierta.

Lo mismo ocurre con la pirotecnia violenta. El estruendo no une, no eleva, no celebra. Aterroriza a niños, daña a personas con hipersensibilidad, altera a animales, rompe la calma de quienes solo desean paz. No comunica sentido: comunica poder y desconsideración.

Y a esto se suma otro vacío: las borracheras. En nombre de la fiesta se pierde la conciencia, se anula la presencia, se celebra el olvido. Pero lo espiritual —en cualquier tradición seria— no comienza con la evasión, sino con la lucidez.

Incluso el enorme esfuerzo puesto en decoraciones, luces, adornos y escenografías exteriores termina revelando una paradoja: se embellece lo visible mientras se descuida lo invisible. Mucho brillo afuera, poca profundidad adentro. Mucha forma, poco sentido.

Cuando la celebración se llena de ruido, exceso y violencia, lo sagrado queda desplazado. La fecha se vuelve un decorado. El mensaje, un pretexto. Y la vida ajena, un daño colateral.

Una bala perdida no es un accidente:
es el resultado directo de una cultura que confundió festejar con descontrol.

Tal vez la pregunta no sea qué tiene que ver la bala con la fiesta,sino en qué momento dejamos de preguntarnos por el sentido.

J. C. L. Rojas



jueves, 23 de octubre de 2025

Agujeros Negros y Energía Cuántica: El misterio que une el todo

 

El abismo que revela el origen

     En el corazón del cosmos, donde la gravedad se curva hasta devorar la luz misma, existen los agujeros negros, esas regiones que parecen desafiar toda lógica humana. Son abismos invisibles, pero también espejos del conocimiento: cuanto más nos acercamos a ellos, más comprendemos los límites de lo posible.
La ciencia moderna los considera no solo monstruos cósmicos, sino puentes entre la materia, la energía y la conciencia del universo.

Cuando la física se desborda

     Los agujeros negros representan el punto donde la relatividad general de Einstein y la mecánica cuántica se enfrentan.
La primera describe el tejido del espacio-tiempo y la gravedad; la segunda, el comportamiento de las partículas y la energía a escalas diminutas.
Pero en la frontera de un agujero negro —el llamado horizonte de eventos— ambas teorías colisionan, revelando una danza caótica de luz, gravedad y energía cuántica.

Allí, el vacío no está vacío. El espacio “hierve” con fluctuaciones cuánticas, pequeños destellos de existencia que aparecen y desaparecen en fracciones de segundo. De ese juego nace uno de los mayores descubrimientos de la física moderna: la radiación de Hawking.

La paradoja luminosa

     Stephen Hawking propuso que los agujeros negros no son completamente negros: emiten partículas.
Cuando un par de partículas cuánticas surge junto al horizonte, una puede caer dentro mientras la otra escapa, llevándose una diminuta fracción de energía.
Así, el agujero negro pierde masa y, con el tiempo, podría evaporarse.
Lo que parecía el símbolo de la oscuridad total se convierte, paradójicamente, en una fuente de luz.

Más allá de la ciencia: la resonancia humana

     Pero el interés humano por estos fenómenos va más allá del cálculo físico.
Los agujeros negros son símbolos del misterio y del renacimiento: devoran todo lo que cae, pero también podrían dar origen a nuevas formas de existencia.
Explorarlos nos obliga a reflexionar sobre lo que realmente somos: energía, información, conciencia en evolución.

La conexión con la energía cuántica no es solo una curiosidad científica, sino una metáfora profunda:
lo invisible, lo inasible, lo aparentemente vacío, puede ser la fuente de toda creación.

La utilidad del misterio

     Algunos se preguntan: ¿qué sentido práctico tiene estudiar algo tan distante?
La historia responde: la física teórica siempre ha abierto puertas impensadas.
De teorías “inútiles” nacieron los satélites, el GPS, los láseres, los microchips y la medicina cuántica.
Comprender los agujeros negros es, quizás, sembrar la semilla de los descubrimientos del futuro:
fuentes inagotables de energía, nuevos modos de comunicación o incluso una comprensión más amplia de la conciencia.

El espejo del infinito

     Los agujeros negros nos recuerdan que el universo no es un mecanismo ciego, sino un campo de posibilidades donde la materia y la mente parecen buscarse mutuamente.

Mirar hacia ese abismo no es buscar el fin, sino el comienzo: la unión entre la ciencia y el espíritu, entre la energía cuántica y la conciencia humana.